Uno de los cumplidos que alguna vez me dijeron, me lo dijeron en la Amazonía.
Fue un día a fines de febrero o tal vez inicios de marzo en el 2004. Había dejado Inglaterra el 4 de enero de ese año, luego de haber terminado una maestría en proyectos en Bradford y haber llevado el primer semestre de otra en Newcastle. Esa segunda maestría se titulaba “Las Américas: Historias, Sociedades, Culturas”. Esa no la terminé porque estudiar y trabajar se me hacía muy duro, como que ya estaba cansado de vivir en inglés y creí que en vez de estudiar sobre historias, sociedades y culturas de las Americas mejor era viajar un poco y ver las cosas en el “terreno”.
Así que los últimos meses en Inglaterra estudié menos y trabajé más para ahorrar algo de dinero para viajar un poco con la mochila. Salí de Newcastle y durante un mes y medio viajé cayendo en casa de amigos y familia en Amsterdam, Edingen, Barcelona, Toulouse, Alicante, Lisboa y Madrid. De Madrid tomé un avión hasta Caracas y de ahi continué viajando con la mochila en el norte de Sudamérica. Aterricé nuevamente en casa de amigos y familia, fui de Caracas a Barquisimeto, y de ahí a Coro, Punto Fijo, Maracaibo, Cucuta, Bucaramanga y llegué a Bogotá. Me encantó Bogotá. Luego de estar una semana en la casa de mi amiga Carolina en la capital de Colombia, tomé un avión de una hora hasta llegar al extremo sur oriental del país de las flores, del café y de las mujeres bonitas. Llegué a Leticia.
Leticia antes era una ciudad de la Amazonía peruana. En 1929 pasó de Perú a Colombia a través de un tratado en donde Perú le daba el trapecio amazónico a Colombia, y Perú recibía otras tierras a cambio. Uno de los objetivos del tratado era darle acceso a Colombia al rio Amazonas. Del año 1932 al 1933 hubo una guerra entre nuestros dos países. No conozco los detalles pero sé que una década más tarde Perú entró en guerra con Ecuador también por territorios amazónicos.
Leticia es Colombia ahora a pesar de que antes fue Perú. Uno escucha hablar a la gente con acento colombiano, uno come colombiano y uno baila colombiano. Lo interesante de Leticia es que está ubicada en una de las triples fronteras de nuestro país: entre Colombia, Brasil y Perú. Sólo basta cruzar una avenida de Leticia para entrar a Tabatinga, ciudad amazónica de Brasil. Y al igual que en Leticia, en Tabatinga la gente habla brasileiro, come brasileiro (comí feijoada, farofa y otros potajes buenazos que nunca había probado… para mi el viaje físico es gastronómico)… retomando, la gente habla brasileiro, come brasileiro y baila brasileiro. Dos ciudades de dos diferentes países separadas por una sola avenida. Bacán. Me pasé unos tres días viviendo entre Brasil y Colombia, haciendo amigos, conversando con la gente, comiendo la comida y bailando por ahi.
El cuarto día entré a Perú. Era una triple frontera así que entrar a Perú significaba tomar un peque-peque (una canoa amazónica con un pequeño motor fuera de borda) de 15 minutos y llegar a Santa Rosa, una pequeña isla en medio del gran río Amazonas. Ese pequeño pueblito era Perú. Creo que pueblito es mucha palabra, era un caserío. Era una isla tan pequeña que no habían carros o motocars, sólo había una gran vereda de 500 metros con malokas. Estas son chozas amazónicas elevadas unos cuantos metros sobre el suelo para evitar la inundación durante las subidas del rio.
En una de esas malokas, nada diferente a las otras salvo que tenía un escudo del Perú en el frontis, entré. En uno de los cuartos, había una mesa pero no había nadie. Llamé en voz alta con un “Buenos Dias” y luego de unos minutos apareció una señora que me selló el pasaporte peruano y establecía oficialmente mi regreso al Perú luego de estar afuera durante más de un año.
Estuve tres días más en la triple frontera, pero esta vez en mi pequeña isla peruana con una vereda de concreto de 500 metros de largo, en medio del rió Amazonas, que dejaba ver desde su orilla al Brasil y a Colombia. Comí lomo saltado y arroz chaufa, tomé cerveza cristal, bailé con el Grupo Caliente de Iquitos y hasta con música de la internacional Sonia Morales de Musho, un pequeño pueblito de la Cordillera Blanca. Qué chevere era estar en Perú otra vez luego de haber viajado por países extranjeros. Fue bacán conocer los otros países, pero en la pequeña isla de Santa Rosa el lomo saltado, el arroz chaufa, la música y la gente estaban de puta madre.
Continuando con la historia del cumplido con la que empezamos y les quería contar, les confieso que mi intención no era quedarme tres días en Santa Rosa o seis días en la triple frontera. Quería irme para conocer Iquitos (¡puff!), Tarapoto (¡ayahuasca!) y Chachapoyas (¡kuelap!), cosa que luego hice quedándome una semana en cada una de esas ciudades para conocerlas lo mejor que podía, pasando por Moyombamba y Yurimaguas, y finalmente cayendo en Chiclayo, ciudad que sí conocía, en donde me alojé con una prima y me reuní con mi amigo Kris, un realizador de documentales holandés… En ese periplo desde Santa Rosa a Chiclayo de cuatro semanas tengo un webo de anécdotas, pero harían la historia del cumplido más larga.
Mi intención no era quedarme seis días en la triple frontera, el día que llegué a la isla de Santa Rosa compré mi pasaje en el bote “Eduardo III” que me llevaría de Santa Rosa hasta Iquitos navegando por el Amazonas. Un viajesazo que finalmente hice leyendo en mi hamaca, mirando la vía láctea en la noche desde el techo del bote y hablando con la gente en el barco. Había todo tipo de personas: una pareja de ingleses, un estudiante de forestales, una chica del Callao que traía zapatos de Manaus para vender en Lima, gente de Iquitos, gente mayor, jóvenes y niños. Eramos como ochenta en el barco durante los cuatro días en bote. Genial.
De nuevo, mi intención no era quedarme seis días, mi intención era salir el cuarto día en el bote, como me lo dijeron. Pero el barco no salió, pasaron dos días más hasta que por fin levó anclas y subió por el río Amazonas con toda esa mezcla de gente dentro. Pasamos dos noches más esperando que llegara el cargamento de zapatos de la chica del Callao desde Manaus hasta Santa Rosa. Y esas dos noches más que pasé en Santa Rosa, la pasé en el barco. En el día leía, jateaba, comía, paseaba, miraba el río. En las noches me iba a bailar en las cuatro malokas donde había musica y chelitas peruanas. Cuando se terminaba la cerveza en una de esas maloka pub, te pasabas en grupo a la siguiente, y así hasta que te cansabas y te ibas a dormir en el bote.
En las tardes, jugaba fulbito con la tripulación y los pasajeros, con palitos de árboles como postes del arco y nada de pasto deportivo. Era en la orilla de la isla así que el campo de fútbol era un lodazal de tierra roja mezclada con plantas. Terminábamos el partido llenos de barros y luego corríamos al río a bañarnos matándonos de risa, sumergiéndonos para evitar las picaduras de los mosquitos y comentando el partido de hacía unos minutos.
Un día, después de uno de los partidos en la orilla de la pequeña isla, apoyado contra la baranda del bote “Eduardo III”, segundo piso, un chico de la tripulación me dijo en acento charapa: “tu no eres tan atorrante como los otros limeños que vienen por acá”… lo sentí como un cumplido, esbocé una sonrisa y le dije que no todos los limeños colorados son iguales. Que cuando uno conoce al otro, con nombre propio y en buena onda, todos somos iguales, todos somos seres humanos, todos nos enamoramos, bailamos, reimos, lloramos, etc. No importa el color de la piel, la forma de hablar castellano, el nivel de educación formal, y que se yo. Pero que si, que había gente en Lima que se sentía superior a la otra porque tenía un apellido, un color de piel, una educación y blablabla, gente en Lima que era racista. Y también gente en provincias resentida por ese racismo que se origina en Lima.
Y que ese racismo viene de nuestra historia, desde la colonia, en donde la gente europea se mezcló con la gente indígena costeña, andina y amazónica, y salieron gente de todos los colores. Inclusive había racismo durante el Imperio Inca, Machu Picchu no fue construído en buena onda sino con el esfuerzo de otras culturas andinas explotadas, hay sangre intangible de ellos brotando de esas celebradas construcciones.
Pero en el sistema colonial de tres siglos, habían leyes que decían que alguien que había nacido en la peninsula ibérica tenía más derechos que un hijo de peninsulares nacido en las Americas, el criollo. Y que el criollo tenía más derechos que el hijo de español y princesa inca, el mestizo. Y que el mestizo tenía más derechos que el hijo de inca y comerciante española, no me acuerdo el nombre con el que se designaba a esta “raza”. Y así como cuarenta clasificaciones raciales más legalmente establecidas, en donde el “blanco” tenía más derechos que el de colores. Y a pesar de que esas leyes ya fueron, esa cultura de tres siglos aún persiste en la República, y lo que es peor, se agravó. Con la Colonia al menos existía una mayor defensa de los derechos indígenas pero desde la Independencia los criollos han tratado de reducir los derechos indígenas cada vez más. En algunos casos, esto se ha revertido: el que se halla hecho oficial la lengua quechua y se haya democratizado la educación hace como 40 años fue algo muy positivo.
Creo que uno de los principales problemas de nuestro país es este racismo cultural, no viene de las personas, viene de la sociedad y el sistema que inculca esta creencia de “por ser más claro eres mejor que el más oscuro”. Yo aún tengo parte de esa cultura algunas veces, trato de eliminarla, pero al menos quiero creer que ya no soy tan atorrante como otros limeños, me lo dijo un charapa y quiero creermelo.
Defender los derechos de la gente en la amazonía es defender no sólo a estos ciudadanos, la democracia y las leyes, sino también defender un modelo alternativo de desarrollo en lugar de ese tipo de desarrollo que acaba con el planeta y crea pobreza. Tengo una sobrina de tres años y me gustaría que el planeta en el 2041, cuando ella tenga mi edad, no esté tan jodido. Lo mismo va para todos esos niñas y niños que conozco y no conozco que definitivamente la van a tener más dificil en el futuro. El conflicto en la amazonía por el petróleo es un capítulo más de ese gran proyecto de desarrollo económico con tecnologías contaminantes que destruyen el planeta. Hay que buscar otras salidas y esto se está haciendo en todo el mundo. Ese es el camino, no el más fácil pero siempre el camino difícil es el mejor, del que salimos mejores como seres humanos.
Y hay que hacerlo pacificamente. Buscar el diálogo. Calmar los ánimos. Es dificil. Pero tener mano dura y aplicar la violencia por parte de cualquier bando sólo lleva a heridas personales y sociales que siempre se abrirán y volverán a doler y sangrar. Si soy padre, madre o hermano de un policía que murió el 5 de junio, puedo pensar en odiar a los que lo mataron. Si soy un padre, madre o hermano de una persona aguaruna que murió el 5 de junio, puedo pensar en odiar a los que lo mataron. La violencia crea más heridas que nunca terminan de cicatrizar, se pueden cerrar pero también se pueden abrir luego de unos años.
Hay que cuestionar esa creencia de que el libre mercado resolverá todo causa pobreza, refugiados, emigración y terrorismo. Creo en la empresa privada. He fabricado pan y lo he vendido. He comprado anticuchos y me los he comido. Pero hay que producir y consumir responsablemente. No creo en el socialismo, no creo en el discurso violentista de Hugo Chavez y soy altamente sensible a las banderas rojas, como la gran mayoría de los peruanos que vivimos en los ochentas y noventas.
Este es un país multicultural, con muchas culturas, pero que no tiene mucho diálogo intercultural: relaciones entre estas culturas. Sobretodo la de una parte de Lima que permanece indiferente a lo que le pasa a otros peruanos y que trata de ignorante a los que no son como ellos. Creo que si el pueblo de todos los colores pensaría en actuar pacificamente, unidos, sin mano dura, en busca del desarrollo de todos y no sólo de unos, estaríamos mejor.
Eso es todo. Quería sólo manifestarme por lo que pasa ahorita en mi país y me duele. El país puede cambiar, y lo hace. Pero si queremos que cambie más rápido, primero hay que cambiarnos a nosotros mismos, nuestra forma de pensar que está mal. Si me gustan los perritos, me gustan los perritos de todos los colores. Si me gustan los niños, me gustan los niños de todos los colores (y los de futuro también carajo). Si me gusta la humanidad, me gustan todas las personas. “Odia el pecado, ama al pecador” dijo Gandhi, asi que si uno hace atorrantadas, es atorrante. Pero uno puede dejar de ser tan atorrante, nadie es perfecto, pero se puede ser menos imperfecto si tomamos acción.
***
THE BIG ASK, veanlo, y si les gusta, difúndanlo:
Desde Lovaina 12.06.2009
Advertisement
Publicado por cbrescia el junio 12, 2009
http://hozhq.wordpress.com/2009/06/12/desde-lovaina-12-06-2009/
Entrada anterior
Cine e Historia Postmoderna en el Perú
Cine e Historia Postmoderna en el Perú
Entrada siguiente
Artículo publicado en Viajeros
Artículo publicado en Viajeros
Deja un comentario